La metáfora es el modo en que el autor se comunica, genera comprensión y habilita el diálogo en sus producciones. Este libro no es la excepción. Y para explicar la complejidad de la evaluación organiza el libro en tres partes siguiendo la metáfora del agua. La primera parte “De los manantiales donde nacen los ríos”, trata sobre los principios que nutren el caudal de las teorías. En la segunda parte se desarrollan aquellas derivaciones que fluyen de los principios, es decir, “los ríos a los que nutren las fuentes y que suponen una simbiosis de teoría y práctica (…)”. Y finaliza en el tercer capítulo con el mar de la práctica donde desembocan todas las teorías. “La evaporación llevará el agua de la práctica a las nubes de la reflexión, cuya lluvia nutrirá de nuevo los manantiales. Teorías que van a la práctica y prácticas enriquecedoras que mejoran las teorías”. (2017:11)
Seis textos se suceden en la primera parte.
Los reúne la necesidad de comprender el fenómeno de la evaluación, centrados en el nivel superior universitario y no universitario.
En “Evaluar es comprender: de la dimensión técnica a la dimensión crítica” describe la evaluación como medición en la dimensión tecnológica/positivista, cuya naturaleza es de comprobación de resultados y las funciones que cumple están asociadas al control, la selección, la comprobación, la acreditación y la jerarquización. De allí avanza a la evaluación como comprensión en la dimensión crítica/reflexiva, de naturaleza comprensiva y encaminada a las funciones de diagnóstico, diálogo, comprensión, retroalimentación y aprendizaje. Este cambio de paradigma modifica a toda la escuela, a las concepciones y tareas educativas, las actitudes personales y las prácticas profesionales.
“La evaluación de los alumnos, un proceso de aprendizaje para los profesores” es el segundo de los textos que ayuda a explicitar el lugar de la evaluación para generar el debate y mejora de la calidad de los aprendizajes. Como en la escuela se evalúa mucho y se cambia poco, aquí señala que sólo el alumno es evaluado en el sistema, donde los profesores tienden a realizar procesos atributivos exculpatorios responsabilizando a los alumnos (por vagos, torpes, mal preparados, no tienen ayuda familiar, miran mucha tv). En esta instancia propone poner en tensión estas justificaciones de la cultura porque dejan de lado la mirada sobre la enseñanza. Completa ese abordaje el análisis de la práctica y de las concepciones del profesor (racionalidad técnica y práctica) para poder pensar el cambio (su contenido y requisitos) y la dimensión ética de la evaluación.
En “Dime cómo evalúas y te diré que tipo de profesional (y de persona eres)” clasifica y comenta factores que condicionan la evaluación como las prescripciones legales, supervisiones institucionales, presiones sociales y condiciones organizativas. Desarrolla además las concepciones de los evaluadores (sobre la inteligencia, sobre el proceso de enseñanzaaprendizaje y sobre la naturaleza de la profesión); sus actitudes (hacia sí mismo, hacia los evaluados y hacia los colegas) y el reconocimiento de sus principios éticos. Algunas conclusiones finales dan cuenta de que es necesario poner en tela de juicio a estas prácticas y generar condiciones necesarias para que se produzcan las mejoras.
En “Tatuajes en el alma: aprendizaje sobre evaluación a través de la experiencia” narra las respuestas que han ofrecido sus alumnos a la pregunta: ¿qué es lo más significativo que te ha paso cuando te han evaluado en el sistema educativo? De las características comunes menciona que la mayoría tiene un componente negativo, doloroso, amargo; los relatos se tiñen de sentimientos, hay plena hegemonía del examen como instrumento de evaluación, el rol jerárquico lo mantiene quien evalúa y se menciona el carácter homogeneizador de la evaluación. Entre los errores más importantes menciona la negación de los principios de la evaluación, incongruencias, arbitrariedades, simplificaciones, comparaciones abusivas, trampas, venganzas, favoritismo, el poder de las etiquetas, profecías autocumplidas. Desconcierto, injusticia, miedo paralizante son los sentimientos más frecuentes. Esto trae como consecuencia la baja estima, el desaliento ante el fracaso, abandono, stress, olvido de lo aprendido. En “Corazones, no sólo cabezas en la universidad: los sentimientos de los estudiantes ante la evaluación” pone en el centro del análisis las repercusiones emocionales que tiene el proceso de la evaluación.
Finaliza esta primera parte con el capítulo“Hacerse preguntas” y plantea que los docentes universitarios suelen acceder a la profesión de enseñar con las más altas definiciones en las parcelas del saber pero con poco de las cuestiones necesarias para la enseñanza, como que no requiere competencias especializadas. Y ofrece pensar una propuesta de mejora que concretó en los siguientes verbos encadenados: interrogarse, compartir, investigar, comprender, decidir.
La segunda parte “De los ríos que van al mar” incluye 11 textos breves publicados por varios años en el periódico La Opinión de Málaga: matemática y ginecología; Los músculos y los huesos; Lo ideal y lo real; Más allá del marcador; Cuando hacerlo bien es hacerlo mal; El verbo es un pescado; Escrito en la piel;¿Viene PISA del verbo pisar?; Lo primero de la clase; Segovia es un verbo; Trampa y cartón. Producciones de distintos momentos, diferentes etapas, nacidas de la experiencia, reflexiones de los profesores como evaluadores y los alumnos como evaluados, cruzados de un humor auténtico y educador.
La tercera y última parte, “Del mar donde desembocan los ríos” es incluida por el autor con la intención de que se constituya en una herramienta para la enseñanza, para el aprendizaje y la evaluación, buscando despertar la reflexión, el diálogo y generar curiosidad sobre aspectos esenciales del saber. Ofrece en este sentido una colección de ejercicios para aprender, recrear y reinventar.
Un libro para disfrutar, reflexionar y hacer.

Evaluar con el corazón. De los ríos de las teorías al mar de la práctica.

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