La Santa Clara de Gabriel Sosa, tan elusiva/alusiva como la Santa María de Onetti, está arrimada a un río que “se hace el distraído” y portadamarca frontera con el Brasil, histórico puente mediante, tránsito pesado en todos los sentidos y sin ninguna inocencia. Allí llega –cuarenta machucados, rutinarios años montevideanos– el periodista casi en retiro efectivo Gustavo Larrobla, solo y a intentar desatar –o menos que eso: apenas espiar, atisbar– un ominoso paquete colectivo de secreto criminal. Poner en evidencia la verdad, en suma.

Las niñas de Santa Clara

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