Un señor trabaja de sereno, y ahí paro de leer. Un trabajo de obrero, que poco sale en la literatura, gente que trabaja de obrero, la mayoría de los libros son de niños capitalinos que sus padres trabajan en oficinas.
La cosa es que trabaja por la noche, sale cansado de la fábrica y llega a su casa manejando su bicicleta. Tiene dos nenas, que tienen la casa hecha un desastre. DESASTRE. Tomás llega cansado y pisa los juguetes. Se enoja (todos lo haríamos, yo las levanto a los gritos para ordenar) pero algo pasa, encuentra un dibujo de la más grande y la rabia se transforma en amor.

 

Está fuera de la casa toda la noche y esos “restos arqueológicos” le permiten dar cuenta de todo lo que pasa cuando él no está. De cómo juegan, se ríen, se divierten. Eso para un papá que vive a contramano del resto es como estar ahí. Le ayuda a no perderse tantas cosas.

 

El libro es profundamente amoroso, los personajes muy queribles. Tomás, por ejemplo, llega y le prepara un mate a su esposa que se está levantando con las nenas. Se sienta a ordenar aun cuando viene cansado de trabajar toda la noche, se queda despierto un ratito más para esperar que las nenas le den un beso antes de ir a la escuela.

 

En casa tenemos uno que labura miles de horas afuera de la casa y este libro me recuerda un poquito a él, a sus llegadas a la noche tarde cuando los niños duermen, a las escapadas en el medio de dos colegios solo para pasar a dar un beso y seguir viaje. A esos padres y madres que le roban horas al sueño y que a pesar del cansancio se sientan un ratito a jugar. Es que los chicos se quedan tan poquito con nosotros que a veces hay que dejar el orden y mirar para otro lado para ocupar el tiempo en lo importante. Eso lo digo ahora al fragor de una reseña y de un libro que me encantó. Después claro llego a casa y los mando a ordenar a los gritos, je.
Me tomo un minuto para hablarles de las ilustraciones de Mariano Díaz Prieto que le dan el clima necesario al texto con sus viñetas circulares, los juguetes en desorden, las paredes pintadas y especialmente la dulzura de los rostros y la redondez de sus cuerpos Todos detalles que le dan vida a las palabras de Mario Méndez.

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